El Bajo Piura se encuentra atemorizado. Y no es para menos, pues desde hace algún tiempo los estallidos, amenazas, cartas con balas y dinamita se han convertido en algo cotidiano y preocupante.

El último miércoles, la banda del Viejo Kike hizo estallar una bomba y una motocicleta, con la finalidad de amenazar a un grupo de ingenieros del Consorcio Saneamiento Norte que se encuentra a cargo de la obra de Rehabilitación del Sistema de Agua Potable y Alcantarillado. Las investigaciones de la Policía apuntarían a que este hecho habría sido digitado desde el penal de Chiclayo.

Lo que resulta cuestionable, además, de que los extorsionadores sigan operando en esta zona, es que pese a todas las denuncias, reclamos, quejas y cuestionamientos, a los hampones les resulte tan fácil operar desde el interior de los penales.

Es decir, los reclusorios, ahora se han convertido en el centro de operaciones de los hampones, donde no solo planean sus fechorías, sino que pueden hacer llamadas extorsivas, ordenar asesinatos y digitar cada uno de los movimientos de sus secuaces sin ningún inconveniente. Hasta ahora, ningún Gobierno se ha interesado en derrocar aquellas grandes mafias que operan al interior de los reclusorios y le ponen tarifa a todo.

Por unos cuantos soles permiten que la delincuencia siga operando, incluso después de haber sido sentenciada. Al final habría que preguntarse si estos centros penitenciarios están cumpliendo su objetivo de restringir la libertad y cortarles las manos a quienes delinquen y atentan contra el orden público y la seguridad de los peruanos; o simplemente les está facilitando la vida, al tener un lugar dónde dormir, alimentación, atención médica gratis y encima un centro desde dónde operar y seguir delinquiendo.

Karina Miranda

Karina Miranda