Nuevamente la ola criminal se ha desatado, en pocos días la sangre ha corrido por toda la región, desde la parte más recóndita y alejada como Lalaquiz, pasando por el puerto de Paita, hasta la ciudad y el distrito octubrino, donde un mototaxista fue acribillado por sicarios.

Mientras que en Paita, el conocido administrador quien era un constante colaborador del deporte fue baleado frente a la mirada de su esposa, quien desde el segundo piso vio cómo unos desconocidos le arrancaban de manera violenta y desalmada la vida al padre de su hijo. Pero, sin duda, el caso más macabro y espeluznante ha sido el del agricultor de Huancabamba, a quien lo decapitaron a machetazos, aparentemente por robarle un dinero producto de la venta de un terreno.

Todos estos crímenes en una semana, sin contar el de Las Lomas, donde asesinaron a un vigilante o encargado de un campamento minero. Es decir, el problema parece salirse de control, y es cuando recordarmos las palabras de un alto jefe policial quien -no sabemos si para calmar a la gente o para cubrir la falta de seguridad en las calles- aseguró que el nivel delictivo en la región había bajado, que la gente podía caminar tranquila por las calles porque ya no había tanta delincuencia.

Los robos siguen dándose, los robacasas siguen irrumpiendo en las viviendas, las bandas siguen matando gente por robarles sus propiedades y no todos son ajustes de cuentas señores como para decir que solo los delincuentes se matan entre sí, y los inocentes siguen vivos. Sabemos de sus limitaciones, pero casi todos los profesionales del sector público e incluso algunos del sector privado hoy con la crisis las tienen, pero justificándonos no basta. Queremos casos resueltos y hasta el momento de los más de 70 crímenes ninguno tiene al culpable tras las rejas. Siguen libres, siguen matando, siguen dejando niños huérfanos. Esa es la triste y cruel realidad.

Karina Miranda

Karina Miranda