Cuando observamos la vulnerabilidad de ciudades como Talara, Sullana o Piura nos preguntamos qué ha pasado en estos siete años desde el último Niño de gran magnitud que vivimos.
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La respuesta es sencilla: no ha pasado nada. Alguna vez se removió tierra aquí, se levantó un colegio allá, se hicieron defensas que resultan flacas frente al embate climático más débil, se instalaron estructuras que a la hora de la hora no funcionan. Es decir que estos siete años han sido tiempo desperdiciado si comparamos la magnitud de lo avanzado con el grado de vulnerabilidad en que actualmente nos encontramos. ¿De qué nos servirán tantas obras si estas son de calidad inferior y pobres frente a una lluvia de siete horas, como la ocurrida en Talara, o de 24 horas como la que anuncia el Senamhi para estos días.
El problema que se asocia a la baja calidad de las obras o su insuficiencia es la falta de fiscalización. Aquí tenemos un Colegio de Ingenieros y multitud de profesionales que suelen comportarse como generales de guerras acabadas; es decir, que hablan, opinan y se deshacen en tecnicismos cuando el daño ya está hecho y el río ya se salió o los huecos en las pistas se transformaron en piscinas. La fiscalización, señores, debe hacerse en el momento oportuno; debemos dejar ese posicionamiento reactivo que solo se fija en las fallas cuando a dos cuadras yace la consecuencia.
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No podemos impedir que llueva, pero sí podemos tener una sociedad mejor organizada para reclamar lo justo.